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La leyenda de Heshikiri, la katana favorita de Oda Nobunaga

La espada es el alma del sa   murái. O eso dicen. Por bonitos que suenen, hay que tener cuidado con estos adagios: no conviene creérselos más de la cuenta. Porque, a la hora de la verdad, la casta guerrera japonesa no le hacía ascos a nada. Utilizaba todo tipo de armas, desde lanzas hasta arcabuces, pasando por arcos, cañones, y un largo etcétera. Pero, justo es reconocerlo, pocas tan evocadoras y con tanta carga simbólica como la archifamosa katana. Estas magníficas herrerías, muchas de las cuales son hoy consideradas como verdaderas piezas de museo, van a ser las protagonistas de la entrada de hoy.

Pero no una katana cualquiera, no. Vamos a hablar de la Heshikiri, la más famosa obra de Hasebe Kunishige, maestro herrero de finales de la era Kamakura. Es precisamente en esta época cuando se forjan las mejores y más apreciadas espadas de toda la historia de Japón. El propio Hasebe era uno de los Diez Discípulos del legendario Masamune, el más grande maestro espadero que haya dado la tierra del sol naciente, y sus creaciones estaban a la altura de las de su mentor. La Heshikiri, forjada hacia 1338, es sin duda su obra maestra, y de largo la más famosa. Según la costumbre japonesa, se la suele denominar Heshikiri Hasebe, dándole el “apellido” de su creador, pero para acortar la llamaremos simplemente Heshikiri. Está considerada una auténtica obra de arte, todo un tesoro nacional. Quien quiera conocer los detalles técnicos de la pieza (longitud, peso y esas cosas), puede solazarse echando un vistazo a este enlace. Lo que hoy nos ocupa no son tanto las cualidades de su acero como la historia que tiene detrás.

Y es que, si esta katana ha llegado a ser tan conocida es porque, con el paso de los siglos, fue a parar a manos de Oda Nobunaga, y se dice que era nada menos que su espada favorita. Aunque por aquel entonces todavía no se llamaba Heshikiri. Este nombre le viene a raíz de una macabra anécdota protagonizada por su dueño, en la que quedó bastante claro que juntar el explosivo temperamento del señor de los Oda con la espada más afilada del imperio era una combinación bastante peligrosa.

Cortando por lo sano:
Al parecer, un paje lenguaraz llamado Kannai importunó a Nobunaga en mitad de una ceremonia de té. No sabemos qué diablos le diría, pero Nobunaga se lo tomó bastante mal, porque echó mano de la espada y se fue a por el tal Kannai con la firme intención de ensartarlo cual aceituna. El paje, como era de esperar, trató de huir, y buscó refugio donde buenamente pudo: debajo de una alacena. Hay que decir que, en el Japón de la época, usaban pocos muebles, pero los que tenían eran robustos de narices: hechos con gruesos tablones de la más recia madera, y reforzados después con lacas especiales. Protegido por planchas de madera de cerca de 10 centímetros de espesor, no iba a ser fácil sacarlo de allí. Pero Nobunaga no tuvo ni que molestarse en hacer tal cosa. Sin siquiera alzar el brazo, se limitó a presionar la espada contra la madera y dejar que, por su propio peso, fuera cortando hasta abajo del todo. Partió en dos la alacena y al paje de un mismo tajo. En japonés, “heshikiri” significa, precisamente, “corte por presión “, y desde entonces la katana quedó bautizada con ese sobrenombre. Así es como la obra magna de Hasebe Kunishige ha pasado a la posteridad.

Ahora bien, como es habitual cuando hablamos de Nobunaga, esta anécdota huele a apócrifa que tira para atrás. Quien haya manejado una katana de verdad, con filo de esos que cortan hasta la respiración, sabrá lo complicado que es blandirla de manera efectiva y hacer que corte como es debido. Nobunaga siempre fue aficionado a las artes marciales, y sabía lo que se hacía con un arma en las manos. Hasta podemos considerarlo un espadachín medianamente competente. Pero no era, ni mucho menos, un maestro de la espada. Y, por muy bueno que fuera el filo de la Heshikiri, semejante proeza solo parece al alcance de un experto del más alto nivel. La historieta del paje impertinente se antoja bastante fantasiosa. En todo caso, nunca sabremos la verdad. Eso sí, la katana en cuestión tiene una hoja que corta que da gusto, eso no lo pone en duda nadie.

Tampoco cabe duda de que el amigo Nobunaga tenía un pronto muy malo y, a cuenta de eso, al pobre hombre se le atribuyen bastantes más tropelías de las que realmente llegó a cometer. Ríase usted de la leyenda negra de los Austrias españoles. Pero claro, cuando el señor de los Oda está de por medio, parece que hasta la mayor burrada resulta plausible. Y luego, si non è vero, è ben trovato. Nobunaga tiene más mala prensa de lo que se merece.

Después de la peripecia de la alacena, la espada acabó en manos de Kuroda Nagamasa, lugarteniente de Toyotomi Hideyoshi, aunque no se sabe bien cómo. Unas versiones dicen que Nobunaga le cedió la Heshikiri a Hideyoshi, y este se la dio a su vez a Kuroda como recompensa por los servicios prestados. Otros aseguran que fue el propio Nobunaga quien se la dio directamente a Kuroda Nagamasa, a modo de compensación por haberlo metido entre rejas por un malentendido a cuenta de una supuesta rebelión que luego resultó no ser tal. Nagamasa es un tipo con una historia interesante, del que algún día hablaremos en más detalle. Sea como sea, desde entonces la Heshikiri ha sido propiedad del clan Kuroda, y hoy en día puede verse en el Museo Municipal de Fukuoka, en la isla sureña de Kyushu, las tierras que los Kuroda gobernaron toda la era Edo.